La Vida Otra

Padre & Hijo.Granada Family

Cuando sabes que vas a tener un hijo (o hija, por entonces lo desconoces), quienes han pasado por la experiencia suelen comentarte “te va a cambiar la vida”. Oyes en el comentario un deje de amenaza, de terremoto inminente. Pero no es cierto que te cambie la vida, ya que eso supondría ciertas reformas, sino que te dan la vida de otro, la vida de una persona que ya no eres tú. Es decir, no solo tomas la responsabilidad de una vida ajena, sino que tú ya eres otro y tu vida es otra. Llamar cambio a la transformación de renacuajo en rana, o de larva en mariposa, parece quedarse corto. Cuando te conviertes en padre se da una radical metamorfosis, con efectos perennes, que en la alegría o en la desgracia, es para siempre.

Aquella vida de salidas despreocupadas, de horarios flexibles, de reuniones -incluso intempestivas-, se volatiliza. Llegan los horarios señalados por las tomas, los pañales, el sueño, y después, el colegio, las actividades extraescolares, los ratos lúdicos, las tareas en casa y las comidas fijadas. Aquella vida de desamparo, de soledad callada, estudio, de apasionado aburrimiento, consola, audición musical y cine con palomitas, se torna vida de revoltijo, ruido, sorpresa, inocencia, atención desmedida, descubrimiento, y aunque el cine con palomitas se mantiene, cambia radicalmente de género.

Para quienes no son padres, sus amigos que sí lo son se convierten en una arriesgada tabarra: excusas, quejas, compromisos, rostros cansados, malhumor a veces, caras de orgullo en otras ocasiones –en todo caso sin motivo aparente-, arcanos conocimientos relacionados con las jugueterías, los carricoches, los horarios escolares, los dibujos animados y los videojuegos. Muestran inescrutables diversiones, desatienden la importancia de una cerveza a tiempo y manifiestan una substancial modificación del significado de las fechas festivas. Y sí, poseen la amenaza constante del “te va a cambiar la vida”.

La vida cambia, es decir, se transforma en otra -desde los cimientos hasta el tejado- con el nacimiento del hijo (o hija, porque entonces ya se sabe). Y a la responsabilidad, a la llegada a esa estación repetida por los siglos de los siglos con ecos bíblicos (la transmutación del hijo en padre), por la que pasaron todos nuestros ancestros, se une el desconocimiento de la tarea, como un maestrillo que se hace su librillo día a día. Los atrevidos deciden sumar más hijos, en la creencia refranera de que donde comen tres comen cuatro. Y si bien no es el gasto económico la única razón –cuántas cosas extrañas vinieron a caer en el carro de la compra cuando la vida se convirtió en otra- sí hay un contundente desmentido de la aritmética: si uno (1) más uno (1) es generalmente dos (2), inapelablemente en el sistema decimal, en el sistema parental uno (1) más (1) tiende a convertirse en once (11), por alguna razón cabalísitica. Los horarios se multiplican, las preferencias divergen, porque la suma de opiniones y personas en un mismo hogar supone tanta confusión como variedad y riqueza.

La vida sigue su curso: los bebés crecen. Comienzan a andar y los modos de vigilancia se transmutan ante individuos (que son pequeños, pero) independientes, atrevidos, inconscientes. Las sorpresas se modifican, el padre cae ante el espejo de sí mismo, se derrumban convicciones y surgen nuevas columnas que soportan la constancia, el asueto y el disfrute. La inercia impele a la domesticación. Se comparten experiencias, lenguajes comunes, códigos y guiños que solo tienen sentido en la mesa durante el almuerzo, se acumulan recuerdos, fotografías, momentos, evoluciones e involuciones, cortes de pelo, juguetes rotos e ilusiones nuevas.

Y crecen y crecen. Contestan y preguntan. Sacan conclusiones. Se conoce, demasiado cerca, cómo la mente avanza y despierta, cómo el cuerpo se acostumbra, los músculos se fortalecen, el mundo se descubre y la vida se desmiga. Y llega un momento en que te ves, de pronto, con una maquinilla de afeitar en la mano, frente al espejo, como muchas mañanas. Pero con una diferencia: estás enseñando a tu hijo el arte del afeitado. Sí, la vida otra y la vida de otro.

Alfonso Salazar

Foto: Jesús G.Latorre

Foto: Jesús G.Latorre

Alfonso Salazar( San Fernando, Cádiz 1968) poeta, novelista, padre y amigo.Colabora con Granada Family con este maravilloso texto en él que nos habla de la paternidad. Alfonso es antropólogo de formación y gestor cultural de profesión. Ha publicado la traducción de Consejos a jovenes escritores de Charles Baudelaire (Celeste, 2001. Edición Digital en Nueve Musas, 2011), el libro de poemas Amores sin objeto (Granada Literaria, 2004), la novela Melodía de Arrabal (Arial Ediciones 2003) y el libro de cuentos infantiles Pawi en la fábrica verde (Arial Ediciones, 2003). En 2009 publicó El detective del Zaidín, su segunda novela, con Ediciones B. Golpes tan fuertes es su última novela ( Alhualia Editorial, 2013) en él que el detective del Zaidín es protagonista de nuevo.
Ha realizado diversas exposiciones de Poesía Visual. Colabora habitualmente en diversos medios de comunicación de Granada. Ha ofrecido charlas y conferencias en diversas ciudades y en eventos celebrados en España, Portugal, Grecia, India y Marruecos.

http://cuadernosdealfonsosalazar.blogspot.com.es/

2 Comentarios en La Vida Otra

  1. Leles
    17 febrero, 2014 a las 11:36 am (hace 4 años)

    Ya sabes ,no tengo hijos propios..tengo hijos de otros,tengo sobrinos, hijos de amigos.. y cuando pienso en lo que hubiera sido tener los míos siempre,siempre me ha dado esa sensación de que ya no sería nunca mi vida.Alguien nuevo se instala en tu vida y en tu propio cuerpo como un órgano vital más, y ahí se queda para siempre y no es de nadie más….siempre es tuyo…. uff ¡qué vértigo! …pero ” ¡qué gusto de vértigo!”

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    • Granada Family
      17 febrero, 2014 a las 3:05 pm (hace 4 años)

      Vértigo mucho…y ya para siempre y no hay medicamento que te lo quite, pero cómo bien dices es un GUSTO
      besos

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